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Coronavirus: la escuela en cuarentena

(Nota de Sonia Santoro, “Página 12”, Argentina, 19 de Abril 2020)

 

La buena voluntad de todos los implicados no impide que lleguen a una conclusión unánime: nada reemplaza el contacto en el aula.

 

El aula no existe, la educación está en casa. En casas con mejores, peores o nulas posibilidades de conexión. A las que se envían emails, whatsapps o invitaciones a acceder a plataformas virtuales para afrontar a la distancia lo que ya no se puede cara a cara. Las quejas se escuchan por todos lados. Docentes agotadas, corrigiendo fotos borroneadas o recibiendo mensajes a las doce de la noche para resolver dudas. Adolescentes agobiados por tanta tarea dificultada por la falta de vínculo con docentes. Padres, madres que además de teletrabajar, tienen que hacer de docentes en casa. Sin desmerecer los esfuerzos de instituciones, docentes, padres, madres y niñes, por afrontar la situación de emergencia, este nuevo panorama educativo está estallado por todos lados. Y mientras algunos pretenden hacer como que nada pasa, están quienes piden un poco de reflexión para pensar de qué manera la escuela puede acompañar este momento.

 

Martin tiene diez años. Va a quinto grado “b”, aclara, en una escuela pública de doble jornada en Villa del Parque. Va es una forma de decir, claro. Ahora se conecta todos los días a la aplicación que la mandaron desde el colegio: Edmodo. Lo hace “un rato largo a la mañana y otro rato no muy largo” a la tarde. Les mandan tarea por ahí y trata de estar activo porque, cuenta, “si estás activo en la aplicación la vas haciendo y te vas sacando un montón de cosas de encima. Tengo todas las materias y a la tarde inglés, tecnología y teatro”.

 

–¿Como te sentís con esto?

–No me gusta mucho, preferiría estar en la escuela. Porque hablar por una computadora me parece medio extraño y más aburrido.

 

Martín sintetiza la sensación de una parte importante de los y las estudiantes. La extrañeza y las pocas ganas que se generan en esta nueva y rara manera de “ir a la escuela”.

 

A Ulises, de doce años, le pasa algo parecido. Este año empezó primer año en una escuela pública de Once. Tuvo cuatro días de clases y luego el mundo cambió. “Es una cagada, definitivamente”, dice. Quiere ir a la escuela, tanto que lo dice cada día y le mandó un mensaje por Twitter al presidente rogándole que las abra. “Mandan mucha tarea y todavía no estuvimos ni en la escuela casi, nada, entonces, me cuesta”, dice. Recibe consignas por email, blog y Classroom. Además, los mismos profes fueron cambiando de modalidad con el transcurso de los días y la extensión de la cuarentena.

 

–¿Y qué pasa si no entiendes algo?

–Le pregunto a mis compañeros. Y si nadie lo entiende le mandamos mensaje al profesor.

 

–¿Y contesta?

–Sí.

Los y las profes están al pie del cañón. La queja, salvo excepciones, no es contra ellos, es contra todo el sistema, contra el virus, contra esa realidad que se les impuso y no pueden entender.

 

Juani va a quinto año en una escuela pública de Palermo. “La escuela se está manejando bastante bien, la primer (y única) semana de clases la mayoría de los profesores nos dieron sus mails por si llegaba a pasar esto”, dice. “Yo lo estoy viviendo dentro de todo bien, o sea la verdad es q no lo disfruto para nada, si ya sufro ir al colegio. Imagínate sola en casa, no me gusta, pero prefiero eso a terminar las clases el año que viene. Lo que sí creo es que es demasiado, nunca en todos mis años de secundario me dieron tanta tarea, y ahora pum, es un montón, literal que tu mandas un trabajo y ya te llega otro para hacer, pero bueno, entiendo la situación y trato de quedarme tranquila y si tengo algún problema con alguna cosa voy y le pregunto al/la profesor(a)”, relata.

 

Sin embargo, nunca es suficiente. Porque lo que falta no se puede conseguir en estos días por más que se intente llegar a imitarlo con todos los trucos tecnológicos posibles. “La realidad es que una explicación en persona es totalmente distinta a una mediante un mail, no creo que con todo esto se esté logrando realmente aprender, a veces siento que hago un trabajo con cosas de Google y listo, trabajo hecho y no adquirí casi nada de conocimiento”, dice, tirando al aire una de las grandes preguntas que nos hacemos muchos por estos días. ¿Se puede aprender virtualmente? ¿Con qué no puede la virtualidad? ¿Cuál debería ser el rol de la educación en estos días? 

 

Victoria, estudiante de Licenciatura en Psicología en la Universidad Nacional de Catamarca plantea dificultades similares. La universidad garantiza la educación por aula virtual pero ella está “un poco angustiada, por decirlo así. Tenía muchos proyectos y metas que quería cumplir con respecto a las materias, más sabiendo que hay algunas que son muy duras… me hubiese gustado por lo menos comenzar con los teóricos de manera presencial donde ahí se te aclara el panorama para todo el año”.

 

Esa presencia física que no está y que la escuela intenta suplir, tiene a las y los docentes sumidos en una cantidad de tareas durante el día entero. Vanesa es docente de lengua en una escuela secundaria de Almagro y en una de adultos en La Boca. Tiene trescientos alumnos a su cargo, a los que les da un trabajo por semana o cada quince días, según el curso.

 

“Laburo desde que me levanto y hasta después de cenar. Ya no tengo intimidad y vida privada. Todo es estar pendiente del celular y de la computadora”, dice. Una computadora, aclara, que “como la de cualquier docente, es un clon intermedio, una compu armada en partes, con partes caras, pero hecha de a retazos. No sé cuánto más va a aguantar. ¡¡¡Estoy harta!!!”.

 

–¿Hay exigencia de parte de las autoridades con notas o cosas por el estilo?

–Todo el tiempo nos piden grillas, informes, encuentros virtuales, videollamadas, conferencias. Los supervisores de los colegios presionan a los directores/as para que nos pidan miles de informes.

–¿Y los chicos? ¿Cómo responden?

–Los pibes están totalmente desmotivados. Imagínate. Dos o tres que te contestan y te mandan los laburos hechos y te dicen que extrañan la escuela. En el colegio de adultos, directamente hay gente mayor que no tiene celular y menos computadora. Entonces a esa gente no se puede llegar. Es gente de 50/60 años que se había decidido a hacer el secundario de una vez por todas después de mil años sin estudiar porque está desocupada o porque son amas de casa y así…

 

Las desigualdades sociales estructurales están en carne viva por estos días. ¿Se puede enseñar sin considerarlas?

 

Cristina Fernández es docente de historia en escuelas públicas de Lomas de Zamora. Tiene 240 alumnos a cargo. “Los chicos devuelven a los docentes con fotos de la carpeta por whasapp, esto significa que tiene que descargar las fotos y las más de las veces intentar leer es tremendo. Además de esto, que estás todo el día de que estas intentando leer. Tenes el agravante de que no hay horario para ellos y te pueden pedir una explicación a las doce de la noche por whatsapp. Además, los pibes cambiaron el horario y a la mañana no hay nadie pero a la tarde te estalla el teléfono. Con lo cual tenemos que estar las 24 horas. Es muy variable la respuesta. Tengo un curso donde respondió uno solo, en otros de 20 responden 17”, relata. Además, la exigencia viene de las escuelas. Las autoridades les piden “planes de continuidad pedagógica” una vez cada quince días. “En dos escuelas los inspectores pidieron una planilla de monitoreo, nos piden cantidad de alumnos que participan, qué medios de comunicación usamos, qué contenidos enviamos, qué recibimos, etc, etc. De alguna manera esto también burocratizó nuestro trabajo. Estamos super exigidos. Y hay muchos compañeros y compañeras que no tienen entrenamiento tecnológico, lo que demuestra una enorme falla en la formación docente. No saben subir a un drive, se lo he hecho a compañeras mías”.

 

En estos días Cristina va encontrando formas de organizarse en este nuevo escenario: “Cuando me empiezan a pedir explicaciones les devuelvo con audio porque es lo que más se acerca a la devolución en clase. Además, estoy tratando de poner horarios, recién (viernes) me mandaron un audio y les dije que el lunes les contestaba. También lo hago para ayudar a organizarse a ellos con sus horarios. Y me parece que en esto también podemos colaborar nosotros”.

 

“Nada reemplaza al aula, nada reemplaza el contacto con los chicos”, dice. Esta frase es como un mantra que muchas podrían repetir hasta el hartazgo, no para recordarlo, porque ya lo sabían, sino para poder hacer equilibrio en la transitoriedad incierta de esta nueva modalidad.

 

Caro de L es docente en un terciario de provincia de Buenos Aires con carreras de diseño. Cuenta que los primeros días de clase “fue un gran desborde”: “La estructura institucional no está pensada ni preparada para la virtualidad ni en crisis ni sin crisis. En este caso es bastante delirante, con la salvedad de que somos terciarios, trabajamos con adultos, adultas, que un poco facilita, a diferencia de colegas de primaria y secundaria que están desquiciadas”.

 

Por estos días lanzó un post en Facebook cuestionando la idea de seguir con los métodos educativos de siempre, como si nada pasara. “Hay exigencia de directivos de calificar a los pibes, es un delirio. ¿Qué le vamos a calificar al pibe en estas circunstancias? ¿Lo que lee en un pdf que le mando? ¿Para qué lo vamos a calificar en este momento? ¿Qué gana el pibe, qué gano yo? ¿Dónde está la conciencia comunitaria en esto?”, se pregunta. “Hay un atravesamiento vertical y horizontal. Hay colegas que están delirando y hay pibes diciendo “cálmense con los pdfs y trabajos prácticos porque no damos abasto, soy madre, tengo hijos”. Hay como un ida y vuelta. ¿Me salvo como docente porque doy un montón de trabajos? No, la mayor parte somos conscientes de que eso así no sirve. Lo único bueno que podemos transmitir es un espacio de encuentro nuevo, a lo mejor ahí sí podemos compartir algo”, plantea. En la misma línea hubo otro posteo que se viralizó, el de Aixa Alcántara, licenciada en Ciencias de la Educación, asistente técnico-pedagógica en escuelas públicas del sur de la ciudad de Buenos Aires: “Hay un propósito urgente que no es dar trabajos prácticos (muchos con olor vintage) de manera frenética. Si me pregunta alguien para mí por dónde pasa hoy la cosa, diría que ahora hay que sostener, y más que sostener, construir el vínculo pedagógico. El acontecimiento del aislamiento social obligatorio se llevó puesto el inicio del ciclo lectivo. Entonces la necesidad es armar primero esta trama vincular a través de distintos medios, que son tecnológicos de distintas eras”.

 

Personas, vínculos, encuentros. Como plantean muchas historias de ciencia ficción a la que nuestra realidad hoy se parece tanto, lo único que nos hará sobrevivir será hacer aquello que nos distingue como seres humanos, aquello que las máquinas no pueden hacer.

 

La escuela en cuarentena

El Programa Conéctate Seguro, Centro de Protección de Datos Personales de la Defensoría del Pueblo de CABA, lanzó un relevamiento acerca de “cómo se sentían aprendiendo de manera online en estos días de cuarentena” con chicos/as entre 9 y 15 años que concurren a escuelas de gestión pública y privada de la ciudad.

 

En general, explica Flavia Tsipkis, maestranda en Psicología de la Educación y responsable “nos han contado que les ha costado adaptarse pero que se han ido acostumbrando, que las plataformas están cargadas, que la conectividad se complica, que les cuesta organizarse solos y reconocen ello como un aprendizaje, mientras esperan que la implementación de los recursos pueda ir mejorando a medida que pasan los días. Se los escucha en una actitud de espera activa, comprendiendo que en este tiempo la relación de aprendizaje implica un compromiso tanto de ellos como de sus docentes. Esperan, comprenden, dan tiempo. Pero también cuentan que se sienten raros, que extrañan al profe, al docente que esté ahí, que les digan al toque, que les respondan cuando no saben qué hacer, extrañan el lápiz, la hoja y el pizarrón.

 

A partir de esos intercambios rescata “la plasticidad y el potencial de los chicos/as para reinventar las situaciones. Hay modos activos de búsqueda y de exploración, que no son sin dudas ni sin inseguridades”. También que dan cuenta de las “cuestiones que se pusieron en “jaque” como ser el registro de lo habitual y el de la continuidad, trastocados en tanto que hacen a la organización de la vida, donde el ritmo de lo escolar tiene un papel fundamental para ellos y sus familias, apareciendo nuevas cotidianidades relacionadas con lo que se hace de manera online”. Y que la escuela es insustituible, es otro espacio de subjetivación. “Si bien hoy, estamos construyendo nuevos modos de presencia y de corporalidades a través de diferentes mediaciones, ellos/as subrayan con resaltador la necesidad de “estar en cuerpo presente en la escuela”; que no es lo mismo, ni menos importante que registrar que “la escuela está presente”.

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